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cultura
microrrelato
Lo opuesto de la sombra
Descubrirme sin talento me aleja de todo, me lleva a un lugar en el que ni siquiera hay arena a mi alrededor. Mi sombra, que ya llegó a la columna, se ríe y hasta creo ver sus dientes blancos.
Por M. Matayoshi
19.11.2006
  e54
 

Ilustración: Marta Toledo

   

E mpujo a un lado la birome y las hojas impresas para hacer lugar al diario, el café y las medialunas. Paso de noticia en noticia casi sin leer las palabras, las fotos muestran algo de la batalla de San Vicente, de la ocupación de Irak y de la muerte de Nelson, el hombre más pequeño del mundo. Miro mi brazo, algo más oscuro que de costumbre. ¿Cuándo tomé sol? Las medialunas entran con dificultad en la taza de café. Tendría que haberme pedido un café con leche. Mientras leo, birome en mano, las setenta y dos páginas que llevo escritas de la novela, pienso en la conversación que tuve semanas atrás con un amigo. El, músico, yo, escritor, sentimos que hace cinco años nos resultaba mucho más sencillo crear. Antes sólo era cuestión de sentarse y hacerlo, ahora hay que batallar en cada acorde, en cada palabra, con la propia sombra, siempre la primera en criticar todo y considerarlo basura.
Al fin, termino de leer y tomo el último sorbo de una mezcla fría, dulce y llena de migas que esperaba en el fondo. Mi sombra, ahora algo más estirada, el rostro demasiado definido sobre el tramado de baldosas, sabe que de las setenta y dos páginas, setenta y una no sirven. No tienen alma, me digo y suena casi a una justificación. ¿Por qué antes era más sencillo confiar en las palabras? A veces leo cosas que escribí hace años y me doy cuenta de que me sería imposible ofrecer el alma que dejé en ese tiempo. Considerar que el alma es algo que se gasta me parece berreta. Oquei, me digo, doy vuelta una hoja y agarro la birome.

sigue




El sol había calentado hasta tal punto mis zapatillas negras que me obligaba a buscar refugio para mis pies. Pero a esa hora, con las sombras escondidas en las paredes, el pueblo sufría una muerte blanca. Me quité las Tacho todo. Grito con la garganta, la boca cerrada y los dientes apretados. La hoja tallada con espirales azules me mira y espera.
Mientras sirvo cerveza en el vaso, la botella helada cubre mi mano de agujas mínimas. Tomo un sorbo y antes de que caiga el líquido en mi cuerpo siento el placer de esa picazón fría. Líneas paralelas cubren varias de las hojas. Ni siquiera sé dibujar, me digo y miro el puño cerrado sobre la birome. Me sorprende la piel oscura de mi mano, no sólo del dorso sino también de la palma. De tanto mirar por la ventana, mis ojos deben haberse acostumbrado a la luz de la calle. Una vez más, trato de escribir algo pero ni siquiera llego a la primera letra mayúscula. ¿Por qué esto se parece tanto a la soledad? Descubrirme sin talento me aleja de todo, me lleva a un lugar en el que ni siquiera hay arena a mi alrededor. Un momento en el que me gustaría saber llorar. Mi sombra, que ya llegó a la columna, se ríe y hasta creo ver sus dientes blancos.
Termino de servir la espuma de la segunda botella. Ahora estoy seguro: soy negro. Pero sin matices, sin color ni brillo. Me paso la mano negra por el brazo negro: estoy cubierto por algo pastoso, como si la transpiración se hubiese mezclado con capas de mugre o de mi propia piel. Me levanto para ir al baño, tal vez pueda limpiarme. Cuando quiero dar un paso caigo al piso sin sentir el golpe. Trato de levantarme pero al parecer estoy más borracho de lo que creía. Me tranquilizo, tomo aire y vuelvo a hacer fuerza pero permanezco aplastado boca abajo, como si el techo y el piso fueran una misma cosa. Mi cuerpo de tan negro perdió volumen y ahora ni siquiera tengo espacio para llenar los pulmones y gritar. Cuando miro a mi alrededor en busca de ayuda, comprendo que todo está demasiado lejos. En la mesa que ocupaba hace unos segundos, mi sombra se pide un café, agarra mi birome y escribe con ansiedad sobre las hojas de mi novela.

Maximiliano Matayoshi nació
en marzo de 1979 en Buenos Aires.
Con su novela Gaijin (2003) obtuvo el premio
Primera Novela Alfaguara-UNAM.

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