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Ana Rosenfeld, abogada de las estrellas
“Sus maridos quieren divorciarse de mí”
Tras 32 años de profesión, su estilo glamouroso y atrevido logró imponerla en los tribunales y en los medios de comunicación como una abogada que no tiene competencia. Atiende a muchas famosas –Pampita, Moria–, se titula defensora de las “mujeres de maridos ricos” y construyó su prestigio diferenciándose de sus clientas, a las que reconoce en una posición débil. Con un carácter fuerte, trabajo y honorarios altos, montó una lujosa oficina donde atiende a un muro de su marido. Dice que va a donar lo que gane por juicios de injurias y explica por qué no es todavía más mediática.
Por Julieta Mortati
29.10.2006
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ESTRATEGA. Su padre fabricaba televisores, su madre era ama de casa y ella terminó la carrera de Derecho a los 19 años.
Foto: Santiago Cichero |
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Intenta reprimir el glamour y se cubre el pecho con el cuello desbocado del vestido negro. Sabe exactamente cuántos pares de zapatos tiene pero no lo va a decir porque no le parece serio: es abogada. ¿De quién? “Casi el 80 por ciento de mis clientes son mujeres –responde Ana Rosenfeld, convencida– porque siempre me puse del lado del que no tiene todos los recursos y las posibilidades a su mano, y pienso que la mujer es la más débil.”
A diferencia de sus defendidas, Ana Rosenfeld se define como una mujer fuerte. “En un día puedo cambiar el casete 50 veces y discutir con cada caso en su terreno sin ningún tipo de confusiones”, sintetiza.
—¿Cómo definiría a su clientela?
—Son las esposas de maridos de alto poder adquisitivo, de maridos ricos, y por carácter transitivo ellas también deberían ser ricas.
Su base de operaciones queda en pleno Microcentro, pero lo que se escucha es el roce del zapato con la alfombra, el de sus pulseras cuando chocan con el reloj y el incesante teléfono que parece un grillo en celo.
En su despacho no tiene computadora (dice que chequea los mails en la de su secretaria y luego reconocerá que se marea con los botones del control remoto de la tele) y exhibe fotos como trofeos de ella con Moria Casán, Marcelo Tinelli, Daniel Scioli, Ramón “Palito” Ortega y Evangelina Salazar, entre otras figuras del espectáculo y la política.
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A un muro de por medio está el despacho de su marido, que maneja la parte administrativa del estudio y colecciona cajitas de fósforos (tiene jarrones llenos). “Nos llevamos bárbaro –afirma Rosenfeld– porque yo tengo un carácter maravilloso. Estoy siempre de buen humor. Cuando digo que del trabajo no hablamos me convierto en esposa.”
Su padre fabricaba televisores, su madre era ama de casa y ella terminó la carrera de Derecho en un año y siete meses y a los 19 ya estaba recibida. “Lo primero que hice fue alquilar una oficina, contraté una secretaria, tenía dos líneas telefónicas y un montón de despachos. Estaba sola y no tenía un solo cliente. Empezaron a venir por recomendación de padres y amigos y por los avisos. Me acuerdo que yo citaba a todo el mundo a las dos de la tarde porque pensaba que si venían todos, en la sala de espera la gente iba a decir ‘qué bueno, mirá cuánta gente que tiene’, y si no venía nadie a las tres me iba.”
—¿Por menos de cuánta plata no trabaja?
—Te vas formando una clientela que se va pasando de boca en boca, y que sabe el target. A lo mejor no terminás ganando el dinero que esperabas pero te da satisfacción. Alguna vez te viene un asunto en el que decís: “¡Qué suerte, voy a cobrar muchísimos honorarios!”, pero soy como una ginecóloga, una obstetra, porque si me necesitás un sábado o un domingo me tenés.
—¿Cuál es su estrategia?
—Siempre digo que en el Derecho hay que saber explicar muy bien los hechos.
—¿Es de gritar?
— No, hablo fuerte. En el campo de batalla soy conocida por lo peleadora y brava, porque sé lo que digo y lo que hago. Tengo mucha personalidad y experiencia. Se crea una situación tan particular que el hombre termina divorciándose de mí.