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arte
Una belleza ligera
Tras diez años sin presentar exposiciones individuales en la Argentina, Marcelo Pombo exhibe su muestra “Ocho pinturas y un objeto” en la galería Ruth Benzacar. El artista realizó, a lo largo de este año, esmaltes y un globo de mimbre capaces de desafiar la fuerza de gravedad. Las piezas encantan con sus típicas guirnaldas, la extrema fascinación por lo decorativo, algunos toques kitsch y una permanente evocación de felices festejos, que proponen reflexionar acerca de las apariencias.
Por judith savloff
24.09.2006
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JUEGOS DE ARTIFICIO. Detalle de Festival artístico multimedia flotante, un panel de 1 por 1,50 metros que Pombo pintó con esmalte en 2006. Un mundo feliz.
Foto: gentileza ruth benzacar |
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Al principio, felices todos. Los personajes de los cuadros, suspendidos en un festival multimedia con panderetas o descansando a salvo después de un naufragio, con ojitos ingenuos y boquitas arqueadas por inequívocas sonrisas. Y el espectador, encantado ante semejante liviandad, lleno del goce que fluye sin obstáculos gracias al estallido pirotécnico de los colores y la delicada laboriosidad con que Marcelo Pombo creó la multitud de burbujas que adorna sus figuras.
Estamos ante un mundo efervescente, de fantasía, aparentemente sin gravedad, donde volver a ser niño deja de ser un anhelo para convertirse en sensación.
Casi todos los acrílicos tienen los aires de un festejo, vestidos con las guirnaldas típicas de la obra de Pombo. Son artificios desnudos y poderosos, capaces de provocar una plácida alegría, como las fotos de un grato cumpleaños. Sus personajes posan en un sueño de felicidad y ojalá no tuvieran que despertar.
Una palabra se repite en sus títulos: Rancho flotante, Escombros flotantes, Manifestación flotante. Daniel Molina recuerda en el catálogo de Marcelo Pombo. Ocho pinturas y un objeto, esta muestra de la galería Ruth Benzacar, a los maestros de las “pinturas del mundo flotante” o ukiyo-é, el último de los cuales fue Hokusai, el grabador adorado por los impresionistas franceses. En el Japón del siglo XVII, explica Molina, “hablar de ‘mundo flotante’ era la forma irónica de referirse al ‘mundo doloroso’, que era la expresión con la que se nombraba al plano terrenal en el budismo. ‘El mundo flotante’ es una reivindicación mundana de los efímeros placeres de la vida cotidiana”. Y, “sin inspirarse en ellos”, los cuadros de Pombo “celebran la inevitable levedad de todo lo humano”.
Pero con su exceso de parafernalia, aun en su presentación más delicada, tal vez señalen algo más.
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El objeto de esta muestra es un globo. Quizá también quiera proponer: “Ilusiónense. Elévense”. Pero el globo de mimbre está pintado de verde saturado y lleva adosados varios globitos y colgantes de joyas falsas y estridentes. Podría evocar una lámpara oriental, pero se parece más a una versión kitsch, libre y sublime de un arbolito de Navidad.
Pombo siempre se ha valido para su trabajo de lo popular. Creó obras con sábanas infantiles estampadas, hojas de plástico o carteles que anuncian los resultados del PRODE. Y declaró alguna vez que aunque lo decorativo, tan presente en su obra, “se considera como algo menor, más de oficio de artesano”, a él le parece todo lo contrario: “Honesto, bueno y necesario”.
El asunto es que después de ver el globo es difícil dejarse llevar por el aire así sin más. Los adornos chorrean, se desvanecen, se perderán. ¿Qué hay debajo de la impresión que provocan? ¿Es posible criticar el gusto, tan embadurnado por la pátina de lo sagrado? ¿Qué tan perverso puede resultar el hechizo de la imagen? Vale la pena pensarlo. Salvo que creamos que la vida es sólo sueño y que detrás de las apariencias nunca hay nada.
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