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Cultura
literatura
Jarry o la risa como motor
Un retrato del poeta y dramaturgo francés, precursor del Teatro del Absurdo y fundador de la patafísica, que concibió una obra tan considerable como desconcertante. Admirado por artistas como Duchamp, Vian y Groucho Marx, solía pasear en bicicleta armado de dos revólveres descargados con los que “disparaba contra los hipócritas”. Su obra más famosa se estrenó con escándalo en París, en 1896: la había escrito a los quince años.
Por natalia moret
24.09.2006
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HASTA EL FIN . Apenas 34 años le alcanzaron para volverse “el padre de la risa moderna”. Su último deseo antes de morir: un escarbadientes.
Foto: cedoc perfil
   

El raro de Alfred Jarry nació el 8 de septiembre de 1873 en Laval, Francia. Recién llegado a París, a los dieciocho años, se estableció en un cuarto de hotel con el único objetivo de ingresar en la Escuela Superior: fracasó tres veces consecutivas. Abandonando este sueño de juventud, el autor –cuya obra se volvería fundamental para el Teatro del Absurdo y un antecedente central de Dadá y el surrealismo– se rodeó de los simbolistas que ya veían en él los rasgos del futuro escritor-agitador en que se convertiría.
Afortunadamente, porque su vida fue más bien corta, Jarry empezó a escribir cuando era muy joven, dejando una considerable –y desconcertante– producción literaria: la primera versión de Ubú rey la terminó cuando tenía apenas quince años. Ya ahí pueden encontrarse las características centrales de Père Ubú, versión degradada de Macbeth, un monarca tan tirano con nobles y plebeyos como cobarde en la guerra. Père Ubú tiene una panza gigante (la gidouille), tres dientes (uno de hierro, otro de piedra, otro de madera), una oreja única y retráctil y un cuerpo tan deforme que, al caer, no puede volver a levantarse sin asistencia. Gobierna, fundamentalmente, gracias a la “máquina de descerebrar”. En Ubú rey –primera pieza de la saga que seguirá en Ubú cornudo, Ubú encadenado y Ubú en la colina, estrenada en París en 1896 con gran escándalo del público– Jarry despliega al máximo el humor irreverente y escatológico que caracterizará su obra: la cita culta combinada con el chiste grotesco, la ironía sofisticada con la chabacanería. La primera palabra de la obra –¡Mierdra!– inaugura también el léxico jarryano, que utilizará el lenguaje como vehículo destructor y sarcástico y, sobre todo, como actividad lúdica.

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Humor y libertad. Alfred Jarry vivió pocos años, pero intensamente: desafiaba la velocidad en su bicicleta y llevaba casi siempre dos revólveres descargados con los que disparaba simbólicamente contra todo hipócrita que se le cruzaba en el camino (parece que fueron muchos). Habitó en un callejón sin salida del boulevard Port Royal, en la rue Casette, en un vagón de ferrocarril abandonado y, por último, en el Hospital de la Caridad. Una noche, después de que tiraran abajo la puerta de su departamento porque no daba señales de vida y lo encontraran casi muerto sobre el piso, entre libros y botellas, pidió su último deseo: un escarbadientes. Apenas 34 años de vida le habían bastado para volverse algo así como el padre de la risa moderna. Escribe Apollinaire que en el velorio, al igual que en el de Swift o Rabelais, era lógico que no se vieran lágrimas, “no eran necesarias, semejantes muertos no han tenido nunca nada en común con el dolor, se cantaba, se bebía, se comían fiambres: cuadro truculento como una descripción imaginada por aquel que llegábamos de enterrar”. Jarry murió en 1907 gracias a generosas dosis de éter, ajenjo, humor y libertad (estos dos últimos términos fueron, para Jarry, por completo inseparables), sin llegar a ver publicado uno de sus libros más significativos, Gestas y opiniones del doctor Faustroll, en el que se condensan las definiciones fundamentales de la invención que lo trascendió ampliamente: la patafísica o ciencia de las soluciones imaginarias. En palabras del doctor Faustroll, que navega París en una cama gigante, en un periplo alucinado al estilo Verne, “la Patafísica es la ciencia de lo que se sobreañade a la metafísica, sea en sí misma, sea fuera de ella. Explica el universo suplementario al nuestro”. La regla, para la patafísica, no es más que la excepción a la excepción, y el consentimiento universal es un prejuicio bastante milagroso e incomprensible. ¿Por qué cada uno de nosotros afirma que la forma de un reloj es circular, lo cual es falso al ser mirado de costado, y por qué nadie notó su forma más que en el momento de mirar la hora? Tal vez, concluye Faustroll, bajo el pretexto de la utilidad. Porque si hay algo que la Patafísica celebra es su sabiduría y su inutilidad, en el sentido más moderno de la palabra (ver recuadro).
La ciencia alcanzó su mayor difusión a partir de 1949, cuando algunos amigos y admiradores de la obra de Jarry –Miró, Duchamp, Prévert, Vian y Groucho Marx fueron tan sólo algunos de sus miembros– fundan el Colegio de patafísica. El Colegio, que había decretado un “período de ocultamiento”, decidió en abril de 2000 celebrar “la desocultación”. Prometieron una exposición de “Agujeros, nadas y espejismos” que al parecer sucedió. Pero que, claro, nadie pudo encontrar.
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