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sociedad
PRESENTACION ante el INADI
Umbandas denuncian discriminación
Los practicantes de las religiones afro-umbandistas presentarán una denuncia ante el INADI por discriminación. Representantes de la Asociación Religiosa Africana Omio Baba, la Federación Metropolitana y la Asociación Religiosa Argentina Africana Oiá Ladé, dijeron que la campaña en su contra es impulsada por la Iglesia Universal del Reino de Dios, que surgió en Brasil y tiene sedes en la Argentina. “Nos etiquetan de satánicos, sectarios, ladrones, sinvergüenzas y asesinos. Nos vemos obligados a rendir cuentas de nuestra fe a pesar de estar registrados en la Secretaría de Cultos”, dicen.
Por RODOLFO PALACIOS
17.09.2006
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UNIDOS. Los practicantes de la religión umbanda posan con la escultura del espíritu de un esclavo africano en un templo de Pacheco.
Foto: juan obregon
   

Al pai Roberto, la túnica florida, símbolo de la risa y la alegría, no le disimula la barriga en lo más mínimo. “Eso demuestra que en esta religión no hay hambre”, bromea. A un costado, la mai Andrea baila descalza alrededor del salón y golpea un tambor. El sonido se mezcla con el cacareo acelerado de las gallinas y los gritos de los cabritos, que más tarde serán sacrificados en un rito que a cualquiera que nunca oyó hablar de la religión umbanda le parecería una colorida puesta teatral.
El pai Darío García es un pionero de los umbanda en la Argentina. Además de ser dirigente religioso en 65 templos, tiene más de 300 hijos. O fieles. “Cuando hay un crimen sádico dicen que fue un rito umbanda. Es como si se dijera que todos los curas son pedófilos”, afirma el pai. Luego se sienta en una mesa en la que un paño cubre varios caracoles. Es un método de adivinación. Alrededor del trono se erige una escultura de madera que simboliza a un esclavo africano. Además hay máscaras de madera, palillos envueltos en billetes australes, una panera con pochoclo, papa y maíz y una canasta con bananas, naranjas y verduras. El templo está ubicado en Pacheco y es uno de los 5.000 que hay en la Argentina.

Ritos. A primera vista, la fachada se parece a una granja de barrio. No sólo por la persiana baja y las paredes amarillas, sino también por las letras rojas que anuncian al templo umbanda en Lanús Oeste. “Tarot, adivinaciones, hechicerías, macumba, magia negra, espiritismo, curas, ceremonias”, se ofrecen como si fuesen las ofertas de la semana. El que abre la puerta es un hombre de unos 60 años que viste de blanco desde la cabeza, con gorro incluido, hasta los pies. Su atuendo es el mismo que usan los carniceros, pero en rigor se trata del secretario del Pai.
“El pai está atendiendo una consulta”, anuncia el hombre mientras cruza un cortinado de telas naranjas e ingresa en el salón. Se escuchan palmas y sonido de campanas.

sigue

De repente, aparece el pai de Santo Edgar de Oxúm, con túnica gris y negra. Tiene un colgante, un gorro y barba candado. “Pasen, hijos. Esta es su casa”, invita. Pero aclara: “Hablemos en serio, porque si no resucitamos a Olmedo y le ponemos la túnica del manochanta”.
En el templo se destaca una corona gigante en el techo que simboliza a la Virgen Oxúm, estatuas de los orixá (santos), ofrendas, flores, cuchillos, espadas, velas, un cuarto sagrado y botellas de whisky importado. “En algunas ceremonias usamos esas bebidas porque las piden los espíritus. No caemos en el fanatismo ni en la imposición. Mi templo está abierto al pueblo. Sólo Dios decide la vida de las personas”, explica el pai Edgar, cuyo currículum espiritual se inició cuando tenía 13 años. “Tuve visiones de espectros y sueños con difuntos allegados”, cuenta.
Mientras su secretario lo mira atento y lo asiste en todos los detalles, al pai se le llenan los ojos de lágrimas cuando cuenta uno de los “milagros”. “Mi secretario era policía. Un día, entró en coma por un pico de presión. Fui al hospital vestido con mis hábitos y entré en la habitación. El cacique Pena Branca entró a mi mente y me dijo que el hijo se iba a recuperar. Los médicos no le daban posibilidades de vivir, pero el milagro ocurrió”, relata. El secretario, Osvaldo de Xangó, sonríe y confiesa: “Le debo la vida al pai. Todavía rengueo, pero no quedé hemipléjico”. Y lo demuestra girando torpemente como un trompo sin control. El pai lo mira emocionado. “Hijo, ya está. Es suficiente”, le dice y le da una palmada en la espalda. El hombre se agacha y le besa las manos. También está conmovido.

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