edición impresa | domingo
documento FOTOGRAFICO
Fotos del alma
Jorge Sclar era fotógrafo, mendocino, de afectos fuertes y palabras ácidas. Tenía 50 años, dos hijos, miles de imágenes registradas en casi tres décadas, múltiples amores. El domingo 10, un cáncer excesivamente largo, brutal, lo mató. Sclar no capturaba imágenes sino espíritus sueltos con formas humanas. Pruebas de ello son las fotos –casi todas editadas en su libro Retratos (2006)– que se reproducen como homenaje a quien debutara profesionalmente en la Editorial Perfil en la década del 80 . Las acompaña un texto de la periodista Gabriela Bruzos*.
17.09.2006
Hay vidas que computan doble porque viven días que se cuentan por dos, en años que se multiplican. Esas son las vidas de quienes son, al mismo tiempo, grandes personas y enormes profesionales. Son tan grandes esas vidas que no aceptan la muerte y sólo para ellas está reservado el recuerdo eterno, la trascendencia, el “conmigo irás mientras proyecte sombra mi cuerpo”, como decía Neruda.
Jorge Sclar usó la lente de su cámara para revelar secretos del alma y ni siquiera los sioux hubieran podido condenarlo. Tenía apenas veintipico cuando descubría en sus fotos que las manos de Maia Plisetskaya no eran una cuestión de técnica sino de inspiración divina. Sus retratos, todos, estaban pintados en clave para descubrir. Cada foto se multiplicó al infinito en cada mirada del otro, algo que sólo consiguen los artistas.
sigue
Puertas adentro, también se multiplicó en la vida de sus otros. Tenía apenas veintipico cuando me abrió su mundo y me enseñó desde la Tigressa de María Bethania, hasta Erik Satie, el desgarro de Edith Piaff, lo que nadie veía en los encuadres de El acorazado Potemkin y cada significado de la Opera de los dos centavos. Crecí gracias a él, cuando él apenas si estaba creciendo. O tal vez era grande en un tiempo y espacio en el que la madurez era otro asunto.
Mucho antes de las crisis y mucho antes de siquiera llegar a los 30, París fue su destino porque todo, para los grandes espíritus, queda chico y siempre necesitan más aire y luz para inspirar.
Decir ahora que Jorge Sclar vivió 50 años es al menos una cuenta incorrecta. Sacó tantas fotazas, desarrolló tanto, fue un hombre tan gigante, un fotógrafo tan enorme, sus manos volaron por tantos rostros y tantos amores, dejó tantos corazones latiendo, que es imposible pensar todo eso en una sola vida y en una única muerte. Por eso, no lo pienso ni lo siento. Quedan trazos de su alma en muchas fotos, su sonrisa traviesa en la de sus hijos –Paolo y Lola–, su amor en mi corazón y en el de tantos otros.
El cáncer abatió su cuerpo, pero nada más. Porque vidas como las de Jorge Sclar no terminan, no mueren, sólo dejan de estar cerca. Lástima eso.
*Editora de la revista Mía.