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Federico Bonomi rompe el silencio
El dueño de Kosiuko
dice que es mentira
que explote a obreros
Lo acusan de fomentar los talleres de ropa clandestinos. Pero se declara inocente frente a “un enemigo que no conozco”. Dice que no quiere aparecer como víctima y que no entiende lo que está pasando. A los 39 años, el empresario atraviesa el peor cimbronazo en los 14 años de historia de la marca. “Tengo cuatro hijos y no doy el perfil de hijo de puta”, dice.
por Federico Seeber
10.09.2006
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IMAGEN. “Voy a parecer Jesucristo”, dice Bonomi. Trabaja doce horas y afirma que es un buen tipo.
Foto: enrique manuel abbate |
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—Qué quilombo tenés, flaco.
—¿Por?
—¿Vos no sos el de Kosiuko?
—Sí, claro. Pero mejor decime vos. ¿Qué pensás?
—Quedate tranquilo, el diario dura un día.
—Bueno, pasá el dato y cuando comas el choripán al mediodía deciles a todos lo que me decís a mí.
—No te calentés, te la dan porque estás arriba.
Lo único que no cierra en esta historia es que Federico Bonomi haya tomado un taxi. El diálogo, contado por el protagonista afectado, bien puede haber sucedido. En la oficina hay silencio. Viernes, primer piso, pilas de CD, fotos, sillones, productos de la marca, monitor LCD, escritorio eterno y un hombre en movimiento. Bonomi acaba de mirar la hora en su Rolex y se acomoda.
—Cuando ese taxista lo reconoció, ¿pensó que era mejor cortarse el pelo o afeitarse la barba?
—No, yo me la re banco.
Ayer, sus jeans vistieron a Britney Spears, a Cristina Aguilera y a Shakira. Hoy, su marca es blanco de una acusación directa: que en los talleres que fabrican su ropa se explota a la gente, que no son seguros, que no son higiénicos. Hasta los 39 años, su vida destiló placer entre su coraje, la suerte y el disfrute. Ahora, en la primera entrevista post escándalo, su cara desnuda el impacto de una cachetada no calculada.
Arranca solo: “Dejame contarte qué es Kosiuko”. E inunda el ambiente con datos, detalles y buenas noticias. Aquel invento de hace 14 años junto a su mujer Cinthia Kern, la publicidad con Pampita, las celebrities. “Este traspié no nos cambia. La idea es seguir y quedarnos acá, donde apostamos a crecer. Por ahora, el público respondió de manera increíble”, suelta.
—¿Levantaron las ventas?
—Estamos vendiendo igual, más no porque ya sería como un cinismo.
Desde el Gobierno de la Ciudad se informó –sin detalles– de una cadena de irregularidades vinculadas a Kosiuko. Y Bonomi observó en silencio la explosión mediática que lo ametralló.
—¿Usted conoce los talleres que fabrican su ropa?
—No pongo las manos en el fuego por lo que yo conozco. A la que sí conozco es a la gente que trabaja conmigo, en mi empresa.
—Eso es lo más parecido a lavarse las manos.
—¡No señor! Es responsabilidad de todos.
—Sobre todo, suya.
—Sí, pero de la sociedad en general.
—Me pongo en papel de abogado del diablo...
—Dale, ponete en hijo de puta. Ponete, dale.
sigue
—¿Cómo podría creerle que desde que saltó el escándalo no llamó a cada taller y los intimó a que ordenaran las cosas?
—Cuando saltó la noticia, los que me acusan dijeron que ya habían allanado los locales. Ahora van a decir que somos tan maquiavélicos, que les dejamos cuatro bolivianos para que no crean que somos perfectos.
—¿Por qué a usted?
—Yo me pregunto lo mismo. ¿Era todo Kosiuko? Dicen que investigan pero es Kosiuko, soy yo, Federico Bonomi. Soy yo... ¡Yo soy un fenómeno! La verdad es que me miro al espejo y pienso ‘qué groso soy, qué fenómeno’.
Dice que empezó de la nada, que a un metro –y sin tocar– puede darse cuenta si un jean es falso o es original. Niega que un tallerista cobre 90 centavos por prenda: “Sacan entre 750 y 1.000 pesos por mes”.
—¿Nunca pensó en ganar menos para que otros ganen más?
—Yo no pongo precios: respeto lo que me piden. Pero tengo conciencia social y no exploto: trabajo todo el día.
—¿Pueden convivir la conciencia social con las camperas a 800 pesos?
—Yo vendo calidad, no marketing. Soy empresario y quiero ganar dinero. Pero la gente no compra espejitos de colores por 14 años.
—Usted merece un monumento al empresario modelo.
—Para mí es lo más normal del mundo. Tengo cuatro hijos y no doy el perfil de un asesino hijo de puta.